Por: Dr. Nelson Flores, especialista en administración pública. Graduado de la Universidad de Albuquerque, Nuevo México, EE. UU.
La política auténtica, que se considera como el arte de servir, se fue deformando a lo largo de la historia en la política de la demagogia, como resultado de la ambición humana en la búsqueda del poder a costa de cualquier precio. Ya en la antigüedad filósofos como Aristóteles y Platón identificaban la demagogia como una forma de hacer política.
Concebían a los demagogos como aduladores del poder, que disfrazan la realidad, evitando las decisiones responsables que permitan resolver los problemas de la pobreza y de la injusticia social, promoviendo promesas imposibles ofrecen soluciones mágicas, sabiendo que son irrealizables.
Es solo una apelación emocional carente de responsabilidad y en lugar de debatir ideas, azuzan el odio y el miedo, y buscan dividir la sociedad entre buenos y malos, estableciendo una polarización para eliminar toda crítica o propuestas constructiva.
Uno de los mejores ejemplos es lo que hace la oposición actual: crea narrativas de temor, de persecución, para hacer creer que son víctimas de un sistema y no perturbadores del progreso, que solo buscan beneficios personales.
Su estrategia es atacar, presentar todo lo bueno que se hace como malo; le venden a la población un mundo ilusorio, proponiendo fórmulas mágicas para soluciones que ni ellos se las creen y que solo son para crear un clima de falsas esperanzas.
Otro ejemplo claro es el de atacar y distorsionar las reformas constitucionales que en su momento (cuando gozaban y proponían de manera demagógica) tenían los votos, pero no la voluntad política para resolver, como ejemplo: la seguridad.



