Por Carlos Huezo, sociólogo.
En el año 2019, cuando el presidente Nayib Bukele llegó al Ejecutivo, se encontró con una Asamblea Legislativa no solo adversa y corrupta, sino injusta e inhumana. Logramos palpar esa realidad de la manera más cruel cuando a nuestro país llegó el virus COVID-19, la pandemia que puso de rodillas al mundo entero.
En El Salvador, gracias al presidente Bukele y a su talante característico, se salvaron decenas de miles de vidas. En las primeras etapas, se contó con diferentes cordones sanitarios, y una hospitalización oportuna capaz de responder a una demanda operativa sin precedentes. Más adelante, contamos rápidamente con un esquema de vacunación que permitió, poco a poco, retornar a la normalidad.
Sin embargo, superar la emergencia no fue fácil. En medio de aquella pandemia, la clase política, cristalizada en la vieja Asamblea, mostró de lo que estaba hecha. Se opusieron a cada medida para prevenir contagios, entorpecieron la ejecución presupuestaria e intentaron detener el trabajo de las autoridades.
Su objetivo era el de siempre: provocar una crisis que desesperara y asfixiara al pueblo. En su iluso plan, su sueño dorado, la gente se “vengaría de Bukele”. De esa forma, ellos podrían aspirar a la sobrevivencia en las elecciones de 2021. Sí. Al final, todo giraba en torno a la única preocupación de la vieja clase política: las próximas elecciones.
Sin embargo, el presidente Nayib Bukele no cayó en la trampa. Siguió trabajando, consiguiendo recursos de donde pudo para enfrentar la crisis y exponiendo a los viejos políticos tal cual eran. El pueblo, por su parte, entendió quiénes estaban de su lado y quiénes querían jugar a lo mismo de siempre.
Por eso, de manera contundente, la población decidió darle la confianza al presidente Bukele, brindando un respaldo a la gobernabilidad desde la Asamblea Legislativa. Desde 2021, encabezado por el diputado presidente Ernesto Castro, el Órgano Legislativo ha sido fiel al deber de representar a la población y al masivo apoyo que esta da a su presidente.
En 2022, cuando fue necesario de parte del Ejecutivo, echar a andar diferentes fases del Plan Control Territorial, el Legislativo no vaciló en establecer los marcos legales que permitieran proteger a la población. Una acción que marcó un papel exactamente contrario al de lo hecho por la legislatura pasada.
El Régimen de Excepción, en concreto, además de ser una herramienta para las autoridades, también ha sido capaz de empoderar a la población salvadoreña para romper la sentencia del “ver, oír y callar” que los criminales impusieron con sangre y lágrimas de inocentes. De esa manera, el pueblo, en un mismo proyecto con sus representantes en el Legislativo y su presidente en el Ejecutivo, ha alcanzado la paz en sus comunidades, y a nivel global se posiciona como el país más seguro del hemisferio occidental.
Una vez abordado el tema de la seguridad, la fórmula de la gobernabilidad ahora se está aplicando a otros problemas históricos del país. Recientemente, se pudieron aprobar financiamientos en total beneficio de la población salvadoreña en áreas como la salud y la educación.
Gracias a esto, el pueblo ahora goza de Doctor SV, que no solo incluye atención las 24 horas, sino también medicamentos de calidad y gratis. Además, el país cuenta con el Nuevo Hospital Rosales, que es un referente de tecnología y atención para el continente.
Por otra parte, en cada distrito del país se están renovando escuelas; se construyen y mejoran los CAPI (impulsados por la primera dama). Ahora más niños y jóvenes tienen herramientas tecnológicas sustanciales para la vida académica y laboral actual, como tablets y laptops. Sin dejar atrás el último financiamiento que se logró en tiempo exprés con el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), que permitirá otorgar cincuenta mil becas para nuestros jóvenes.
Los salvadoreños tienen claro que la gobernabilidad es vital. Lastimosamente, también lo sabe la pírrica oposición que, aunque está casi acabada en el país, sigue intentando sorprender y engañar a sus financistas extranjeros para intentar romper la gobernabilidad que el pueblo ha construido.
Esa es su estrategia: romper la gobernabilidad, el entendimiento que hay entre el Ejecutivo y el Legislativo. Sin embargo, de nosotros depende hacer que la refundación de este nuevo El Salvador no se detenga, sino que siga profundizándose.



